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Hacia el último pájaro

Dioses celestiales
adoran al sol
bajo los espejos ocultos
de la oscuridad.
Ecos moribundos
dictaminan en el cielo
sentencia inmediata ...
Mientras una luna
peregrina y callada
espera.
Esculturas angelicales
señalan el umbral
del horizonte,
y jardines transparentes
dejan sus brotes nocturnos.
Rostros obscenos
enlutan el extremo opuesto
de la tierra.
Tejen los dioses
ruegos en el ocaso,
coronando estrellas
sobre grutas impalpables.
Entre ritos mortales
la tierra recupera su presencia
abierta en el espacio.
Ansiosa, espera ella
poder sentir
cómo los hombres embarcan
hacia el último pájaro.

A orillas del perdón

En el extremo opuesto del mundo
el tiempo, a través de su portal descalzo,
arroja los dardos de conciencia
hacia la fatigada sinrazón de la tierra en guerra.
Dagas sangrantes
podan los bordes sinuosos del futuro,
mientras la compleja brújula desequilibrada
marca la ruta de corazones calcinados.
Almas agotadas
huyen, desertoras de cuerpos bestiales,
por los acantilados del inconsciente
para recibir con el tiempo,
y a orillas de la ciénaga,
el perdón de Dios y el fin de su designio.

VERBO EN EXILIO

En el útero del verbo
se exilia la palabra.
Ingresó inyectado de conciencia.
El hombre la expulsa con su voz,
para desencontrarse con el mundo.
Bucea en la superficie de labios entreabiertos,
hasta anclarse en el hueco invisible de su eco.
Tras el súbito espasmo de una lengua aprisionada,
llegará el descanso verbal
de un circulo imaginario que se fuga inconsciente,
por el punto muerto y agrietado
de una boca en funeral.

DELIRIO TRIANGULAR

Cuando mi delirio triangular olvide
y encuentre el ángulo correcto,
comulgaré tu nombre
en el santuario de la vida.
Seré esclava de tu piel,
maquillada por la luna.
Ebrio de amor,
destaparás frente a mi la desnudez de tus ojos
y rozarás mi alma.
Atravesarás los canales majestuosos de mi ser,
hasta que estallen de alegría los ángeles.
Saborearás el néctar fluido y suspendido
en los portales de mis labios.
Y me regalarás sin termino, la edad del tiempo
en una noche perfecta.
Tras una estrecha pantalla silenciosa,
transcurrirá el asombro,
mientras tu cuerpo y el mío se aproximarán indelebles,
hacia el altar de una eterna mirada.
Aunque tus ojos no alcancen a los míos,
los pestañeos danzantes,
nos besarán, nos envolverán
transportándonos subliminalmente
hacia nuestros sagrados sentidos.
Jadeantes gemidos se grabarán en un poema,
consagrando la musa penetrable,
como solo una poeta,
podrá atreverse a retener en su conciencia.

MARY ACOSTA |